Don Álvaro, un jubilado de 68 años del barrio El Poblado, vive desde hace casi un año una situación que él mismo describe como «una tortura». Su jardín, que antes era un rincón verde lleno de orquídeas y guayabos, se ha convertido en un lodazal permanente. Cada mañana, debe sacar el agua con una bomba eléctrica para evitar que se meta al garaje y dañe su casa. Cuando llueve fuerte —como suele pasar en Medellín—, llega a bombear más de 4.000 litros diarios.
«Esto empezó después de Navidad, y todavía no entiendo de dónde sale tanta agua», cuenta, con una mezcla de rabia y resignación. Ha llamado a la empresa de acueducto, al municipio, a ingenieros privados, pero nadie le da una respuesta clara. «Me dicen que no es del tubo principal, que puede ser una filtración del suelo, o una quebrada subterránea. Pero nadie se hace responsable».
El agua que no para de salir
Desesperado por proteger su casa, don Álvaro cavó un hueco enorme frente al garaje. «Eso parece un cráter, parce. Como si hubiera caído una bomba», dice entre risas cansadas. Instalar la bomba y las tuberías le costó más de tres millones de pesos, pero ni así ha logrado controlar el flujo. «A veces el agua sale clarita, con olor a cloro, o sea que puede venir del acueducto. Pero EPM dice que su red está perfecta».
Los vecinos también están confundidos. Algunos temen que haya una fuga en las tuberías viejas del sector, otras personas hablan de una quebradita oculta que pasa por debajo de las casas. Lo cierto es que el jardín de don Álvaro se ha convertido en una piscina fangosa que no da tregua.
Un viacrucis sin solución
La aseguradora se niega a cubrir los daños mientras no se determine el origen exacto de la fuga. «¿Y cómo voy a saber yo de dónde viene el agua, si ni los técnicos de la Alcaldía saben?», reclama. Su salud se ha deteriorado por el esfuerzo diario de bombear, y los médicos le han recetado medicamentos para la depresión. «Esto me tiene vuelto nada, parce. Uno ya a esta edad no debería estar lidiando con estas cosas».
El municipio le ofreció enviar una comisión de revisión, pero los técnicos no encontraron pruebas de que la fuga viniera de la red pública. «Nos solidarizamos con el ciudadano, pero los estudios indican que no hay afectación directa del sistema de acueducto», fue la respuesta oficial. Mientras tanto, el nivel del agua sube y baja al ritmo de la lluvia, como si el jardín respirara por su cuenta.
¿De quién es la culpa?
Algunos expertos independientes apuntan a una causa natural: en muchas zonas de Medellín existen corrientes de agua subterránea que se activan con las lluvias. Si ese fuera el caso, el arreglo correría por cuenta del propietario. Pero el hallazgo de cloro en el agua complica la historia. «Eso indica que viene del sistema potable», asegura un ingeniero hidráulico consultado por la comunidad.
Don Álvaro no lo duda: «Esa agua no es de aquí. En los videos se ve clarita, sin sedimento. Eso viene de afuera, y deberían ayudarme». Mientras tanto, la Alcaldía y la empresa de servicios se pasan la pelota, y el jardín del jubilado sigue hundiéndose entre el barro y la frustración.
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